Los niños son, en muchos casos, increíbles esponjas capaces de absorber cualquier conocimiento, por complejo o absurdo que parezca. Algunos recuerdan el nombre, la vida y la obra de cualquier dinosaurio registrado. Otros se dejan fascinar por el universo y a los 4 años te hablan de los eclipses cuando tú quieres hablarles del día y la noche. En mi caso, lo que me seducía era la geografía: los países, sus capitales y sus banderas. Había un orgullo extraño en saber encontrar países a los que jamás viajaría; algunos ni siquiera existen hoy en día.
Lo recuerdo porque de vez en cuando, 30 años después, un juego online sencillísimo te reta como el primer atlas desafía a un niño.
Es este: GEOGRAPHY GAME (EUROPE)
Me he enganchado. Para repasar, justifica mi cerebro.
Y también me he enganchado a este: GEOGRAPHY GAME (USA)
En este caso he podido aprenderme por fin dónde están todos los estados de EE.UU.
- ¿Alguien más cree que he enloquecido? ¿o sólo es una regresión sin importancia fruto del estrés laboral?
- ¿Hay algo más cercano a la pasión por aprender que el juego y la obsesión combinados?
- ¿Podrían las puntuaciones de los exámenes acabar pareciéndose más a las puntuaciones de un videojuego que a la tradicional escala numérica?
La competición con uno mismo, el "pregúntame, ya verás cómo me lo sé", la adrenalina del juego y el tiempo limitado de la respuesta... todo forma parte de un enfoque extrañamente natural que nos hace motivarnos y disfrutar.
Tanto si el objetivo es el resultado final como si lo es la satisfacción del proceso, sólo hay una forma mejor de aprender geografía que jugar, y es directamente viajar.
Tal vez esto sea así porque la geografía se inventó para satisface ambas necesidades.
